REFLEXIONES EN LA BISAGRA: Esclavo de tu propia revolución, por Vicent M.B.



  A raíz de desengaños cotidianos, es inevitable cambiar de parecer ante la adversidad. Se adopta una postura más meditada, más precavida o directamente más temerosa. Se madura, en suma. Obviamente, hablo por lo general. Siempre encontramos casos de balas perdidas que, por obligación o por devoción -que haberlos haylos- tropiezan una y otra vez en piedras similares. Quien no puede pararse a pensar ante una disyuntiva meramente formal o racional tiene, simplemente, lo que se merece.
  Hay, no obstante, situaciones en las que la razón no está al mando. Por un lado están, claramente, las adicciones de tipo patológico. Al alcohol sin el que no sé salir, al tabaco que he tenido que ir a comprar a un chino para poder sentarme a escribir (con un copazo al lado, también). En otro nivel, no más alto, sino simplemente que no es el mío, estarían divertidas actitudes como la ludopatía o la afición a las drogas que no pagan impuestos. Aquí la razón no sirve para absolutamente nada: aquí quien está al mando es la bioquímica: la necesidad de explosiones en distintos lugares del cerebro, sean los receptores de endorfinas, los de dopaminas o quién sabe cuáles. Y luego, claro, están las situaciones que a la larga desembocan en una autodestrucción más elegante, más sutil y más dañina.
  Cuando la polla se alía con las tripas para tomar el mando.
  Por supuesto, todos
  
escribo desde una perspectiva netamente masculina y heterosexual, a estas alturas ya debe estar claro. No por nada, porque me gusta saber el terreno que piso. Podría adentrarme en los vericuetos de la mentalidad femenina. Podría pintar el cuadro a través de los ojos de un gay. Y también podría divagar largo y tendido sobre cómo se siente un langostino al ver una parrilla al rojo. No pienso pedir disculpas por ello: si algo aprendí de mis años en la ciencia es a pontificar, y con muchos matices, tan solo en el terreno que conozco bien.
hemos vivido grandes historias de amor. Pero es por eso mismo, que han sido grandes, que las hostias que nos hemos podido dar en otras ocasiones también han sido magnas. La vida es, como dicen del capitalismo, una sucesión de altibajos. Tanto más altos sean los picos, tanto más duras pueden ser las caídas. Y lo bonito es que, precisamente todo ello, todo ese tiovivo, es lo que te aleja del cero, que es el aburrimiento, la vida funcionarial y la entrada nula de sensaciones en la vida.
  Y con todo eso, con todo nuestro bagaje, a veces nos metemos en potajes innombrables. Contextualizando de nuevo, hablo de mi generación, pudiéndose extrapolar a los que ya nos pasan algunos años. Con 30 años cumplidos y una experiencia que en la mayoría de casos de la vida nos es muy útil para salir airosos. En todos, menos en cuestiones sentimentales. Ya no hablo de entereza para sobreponerse, no. Hablo de algo mucho más básico.
  Hablo de evitar reincidir en el sexo con tu problema. Porque sí, es tu problema. Y lo sabes de sobra.
  Y hablo también de reincidir. Porque el sexo puntual, singular, la noche imprevista de pasión salvaje, no suele acarrear problemas. Puedes irte a la cama con tu jefa, tu subordinada, tu mejor amiga o la pareja de tu mejor amigo. Y ello en sí no tiene por qué conllevar un problema insalvable, siempre y cuando sepas mantener la boca cerrada (de la sinceridad como supuesta virtud podemos hablar otro día). El problema viene cuando el encuentro es satisfactorio. Te ha gustado. Y quieres más. Y vuelves a follar con la misma mujer. Y aquí, precisamente aquí, es donde realmente empiezan los problemas.Lo mejor de todo es que el dolor de alma por una mujer iguala a los hombres tanto como la muerte: nadie está a salvo. Yo he visto, con estos ojitos que se regodeaban ruinmente, al fucker entre los fuckers catar la medicina que él dispensaba a las mujeres: se quedó colgado de una belleza a la que, orgulloso, metió en su cama mientras pensaba en el pobre demonio de su novio. Meses después se le seguían revolviendo las tripas al ver a la muchacha comerle la boca al cornúpeta en cuestión. Da igual tu mentalidad, da igual cómo te plantees la vida: el instinto acaba aflorando. Supura lentamente por cada poro de tu piel y empieza erosionando la alegría para acabar corroyendo las ganas de vivir. Nadie está a salvo. He visto a hombres (y aquí, aunque ignoro si el mecanismo mental era el mismo, también a mujeres) liberados de cualquier protocolo moral plantearse una relación abierta y acabar sumidos en un desvarío emocional severo al verse reemplazados, ni que fuera por una noche. Nadie está a salvo.
  Nadie.
 Y caer en esas trampas puede tener licencia cuando es la primera vez que nos pasa. Pero resulta que volvemos a caer en la tentación de tener una follamiga. Que el término se las trae. Chapoteamos en una charca de hedonismo que nos parece una bahía caribeña aferrados al flotador del hedonismo en el que vivimos: a follar, a follar, que se chocan los planetas. Nos encontramos en una edad y un tiempo ideales para el disfrute carnal. Salir de noche y acabar con unos labios surcándote el falo es algo mucho más factible que cuando éramos adolescentes, y ya no digamos que hace tan solo cuarenta años. Revolución sexual, y tal. Porque eso es lo que nos gusta. A mí, al menos, me ha gustado mucho, y además, he hecho bandera de ello como una forma más de expresión de mi juventud experimentadora y trepidante. Emborracharse en lunes; trasnochar por sistema; llegar al trabajo a las 11 para después trabajar hasta medianoche y cenar una tortilla con dos longanizas para sentirte un Pepe Carvalho cualquiera antes de cerrar bares entre semana. Coger el coche un viernes al salir del trabajo y empezar a llamar a amigos de los que viven a más de
300 km una vez en la autovía, para ver dónde quemar el fin de semana; descubrir las facilidades del sexo entre adultos.
  Y, ebrios de testosterona, volvemos a caer en el error de lamerle el cuello a la última o penúltima inquilina del Hostal Pasión.
Pero no quieres nada serio.
Pero simplemente nos encontramos y follamos.
Y empieza el juego de presentarte de improviso en el portal de una casa con una botella de vino. Qué guay. Qué intenso todo, yo aquí con el simple ánimo de follar. Y qué contenta me ha recibido. Y cómo mola cuando me manda un sobre con unas bragas dentro al trabajo.
Pero, en suma, no estoy enamorado.
¿Y quién te dijo a ti, gilipollas, que no enamorarte iba a hacer desaparecer los problemas por arte de magia? En una de las penúltimas crisis de ese tipo que tuve, con el problema añadido de no poder decir nombres por aquello de que los círculos de amistad siempre son estrechos, estuve hablando de ello delante de una -primero- y dos -después- botellas de vino. El interlocutor tal vez no tuviera más experiencia que yo por más que, tiempo atrás, los dos habíamos pasado por la misma situación con la misma mujer con un año de diferencia. Pero sí poseía -y posee, y a ella recurro siempre que puedo- una fina capacidad de análisis. Y fue él el que me habló de los tres estados posibles que llevan al nudo en el estómago. Porque sí, está el deseo, pero es un viejo conocido. Son simplemente las 'ganas de', sin más. Es la pasión en bruto, sin refinamientos ni sonetos en endecasílabos. Pero una noche coincides en un garito con la chica con la que te acostaste hace un par de meses. No la amas, no la deseas. Por no querer no quieres ni oír hablar, bien por falta de ganas, bien por prudencia, de volver a meterla en casa. Has intentado no hacer ningún gesto que ella pueda entender como un acercamiento para que no haya malinterpretaciones y, consecuentemente, situaciones incómodas. No quieres nada, en suma.
Y entonces se va del bar con otro ¿Lo recuerdas? ¿Creías que a tu edad eso ya no pasaba? Esa sensación de impotencia, esa certeza de que no olvidarás jamás la canción que estaba sonando cuando tuviste la certeza de que sería de otro. Esa salida desesperada a encender un pitillo a la calle esperando que él se haya ido y ella esté allí fumando, para conseguir sólo lo que más daño te hará: verles doblar la esquina. Esa vuelta a casa desviada para pasar por delante de la ventana de alguno de ellos esperando dios sabe qué (dolor, sólo dolor, por acción u omisión). No la deseabas. Pero ahí entró en juego el segundo mecanismo del juego, el más imprevisible y, seguramente, el más primario: el sentimiento de posesión. Te han birlado algo que tal vez no querías, pero que inconscientemente creías tuyo: no la querías porque te veías con la capacidad de decidirlo. Y sí, eso también jode. Y jode bien.
¿Por qué la religión lleva triunfando siglos y siglos? Porque reconforta a cambio de poco. Hay otras alternativas para reconfortarse rápido. También llevan funcionando siglos. Pero claro, nosotros somos más modernos y más cool que todo eso.
Y todas estas cosas que he contado, todos estos escenarios, cuando eres tú quien cree tener las riendas de la situación. Es engañoso, porque en estos juegos que ambas partes acatan como liberales siempre -y digo siempre, siempre y por siempre jamás- hay una parte que, en mayor o menor medida, acaba perdiendo. Tal vez las tensiones estaban perfectamente equilibradas, pero la más mínima asimetría hace que de repente la maquinaria mejor engrasada colapse: un muelle que salta, un tornillo que se cae y un reloj que se para. Y lo peor no es no encontrar culpables. Lo peor es tener la certeza de que no los hay. Pero tú creías tener el control.
Queda, por supuesto, el caso en el que no solo no tienes el control, sino que además eres consciente de ello: queda el amor. Y queda doliendo más que nunca cuando se plantea la situación desde perspectivas totalmente asimétricas. No cabe situación más emocionalmente compleja que la del hombre enamorado que pasa la noche de pasión bajo la amenaza del 'esto es lo que hay, y nada más'. Es el pasaporte directo a la miseria. A partir de la segunda, la maldita segunda sesión de sexo, todo se convierte en un descenso directo a las catacumbas intentando amarrar lo que, por expreso deseo de la partenaire y a la vez rival, estaba definido como libre. Y lo más doloroso desde fuera de la batalla no es oír cómo ella recuerda una y otra vez a quien se lo quiera contar que las cosas estaban claras desde el principio, no. Lo que te hace vislumbrar el apocalipsis mental que se avecina para el pobre desdichado es ver cómo ella, que al fin y al cabo tiene unas hormonas tan dictatoriales como las nuestras, sucumbe semana tras semana, a la tentación del sexo bonito (por lo que aporta la confianza y el conocimiento mutuo) y sobre todo, fácil con el interfecto, a la vez que enarbola con fingida dignidad su derecho (que lo tiene) a marcharse cualquier noche con otro. Es joven, bella, deseada y conocedora de ello y quiere hacer todo el uso de esas capacidades que ha venido reprimiendo durante una relación larga y ya terminada. Y no, no es la mala de la película. Es simplemente eso: joven, bella, deseada y consciente de todo. Y actúa con la misma consecuencia con la que seguramente actuaría yo.
Salvando que ves que está hundiendo a alguien. Y has visto con él como su mecha se iba consumiendo lentamente sin que ella hiciera nada por apagarla.
Al final, como siempre pasa, la cosa explotó. Pero explotó con la potencia acumulada durante casi un año. No recuerdo jamás haber empatizado tanto con el dolor de una persona como aquella noche en la que él vio cómo ella cerraba la puerta de un bar del brazo de otro. Delante de él, para más inri.
Él, por supuesto, es amigo mío. Muy amigo mío. Casi preferiría contar esto en primera persona, al menos me evitaría preguntarme por qué el fin de semana después de la escenita yo somaticé hasta extremos insospechados su dolor. Después de aquel naufragio, el pobre siguió teniendo su dosis esporádica de felicidad sexual con la muchacha. Hasta que un día tuvieron una charla del tipo '¿Ves a aquel? Pues con él va en serio'. Y el hombre no se vino abajo de repente, no. Simplemente me dio la sensación de que el último dedo que le asía al barco de la vida resbalaba calmo. Y, aquí sí, se hundió hasta donde no había visto caer a nadie a mi alrededor.
En unos días hemos quedado con un otro buen amigo. No para consolarlo ni para buscar catarsis alguna: solo para intentar ocuparle la mente durante un fin de semana. Y al menos para blindarme hacia su dolor, que ya sé mío, tenía derecho a desahogarme.



If I could start again, a milion miles away, I would keep myself. Mr Cash, we both know that ain't true.
Porque las piedras son lo único que nos recuerda que caminamos.

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