PALABRAS DE MALA PRENSA: La pérdida, por María Elena Picó Cruzans



Todos hemos vivido alguna vez una pérdida en la que dejamos prendidos jirones de nuestra alma. Y a menudo la sentimos como algo que nos acecha a la vuelta de la esquina. La tememos porque el dolor es su equipaje. Y la imaginamos invadiendo nuestros territorios y nuestras pertenencias.
Tampoco nos gusta sentirnos perdidos o confundidos, y pueden llegar a resultarnos incomprensibles y alucinatorias las voces que reclaman esos estados, como en una ocasión leí en las reflexiones que hacía Claudio Naranjo en su libro “Fritz Perls. Aquí y ahora”:

" “(…) desde entonces he pensado que las situaciones que desafían la habilidad que uno tiene para mirar las cosas claramente, son un regalo”.

A pesar de lo paradójico de la propuesta, la literatura nos tiene acostumbrados a hacernos propuestas sorprendentes.
Julio Cortázar nos da “Instrucciones para llorar” en su libro Historias de cronopios y de famas.

"Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte la sonrisa con una paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
"Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
"Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma de la mano hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto.
"Duración mínima del llanto, tres minutos.


Pero, ¿cómo sentirnos “regalados” en la oscuridad, en la confusión o en la tristeza?
No es pregunta de fácil respuesta. Como tampoco es fácil rescatar la “pérdida” de las listas rechazadas. A menudo es una ardua tarea la de reconciliarse con la vida. Aunque de forma sorprendente la vida nos lanza continuas miradas de reconciliación. Hace ya unos años una amiga me envió por correo la foto de una ballena que había visto en un viaje a la Antártida; cuando la vi sentí esa mirada de la vida. No ha sido, por suerte, el único guiño; aunque reconozco que tienes que estar alerta para no perder el momento.
La Gestalt constantemente me ofrece una mirada integrativa con la que puedo asentir a todas las actitudes vitales. Y descubrir que el mapa que hemos trazado de nuestra vida no siempre se corresponde con el territorio que transitamos, y que podemos volver a visitar ese territorio para ampliar las líneas de nuestros mapas… Descubrir que el miedo también es prudencia, que la renuncia es ganancia, que la obsesión es perseverancia, que la cobardía es retirada, que la traición es individuación, que el rechazo y la rendición también son caminos de encuentro, que el egoísmo es cuidado…
Esta mirada también me la regala la literatura, la palabra de los poetas. En este caso, un poema de Mario Benedetti:

" “Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo”.

 
Y es la misma mirada que me devuelve la vida: el premio Nobel de Economía Vernon Smith dice que el autismo es una ventaja para él porque le proporciona la habilidad para hiperconcentrarse.

Dicen que lo que la oruga llama “fin”, nosotros lo llamamos “mariposa”.
Tengo la costumbre de apuntarme citas que me resultan atractivas por alguna razón. Una de ellas la recuerdo muy a menudo, y la tengo prendida de un imán en la puerta del frigorífico: “Donde hay una falta, hay una existencia”. La recogí en una conferencia que impartió Vicente Cuevas, terapeuta (y director) de la Escuela de Psicoterapia Gestalt de Valencia. Él nos ha dicho a menudo que toda acción terapéutica como figura tiene en el fondo una pérdida.
Y es cierto: el asentimiento a la pérdida (o la renuncia) y el asentimiento a la trascendencia (que no es posible sin el primero).
En ocasiones este asentimiento a la pérdida tiene mucho de rendición, como ya rescataba en la revista de junio. En todo camino hay un punto en el que estamos, y no es posible avanzar si no “perdemos” lo que queda atrás. Ningún crecimiento es posible si no asentimos a lo andado y no renunciamos a los caminos que elegimos no transitar.
(Sin olvidar nunca que, a veces, una mancha tan sólo es una mancha).
La pérdida está presente en todo proceso de crecimiento. Y no sólo en ello.
La terapeuta María Colodrón dice que son dos las metas arquetípicas del hombre (y, por lo tanto, objetivos de la actitud y acción terapéutica):

"1.- “Anima”: aprender a cuidarse: sobrevivir.
"2.- “Animus”: dar lo mejor de uno mismo: crecer.

Y yo creo que estos dos procesos requieren el asentimiento a la pérdida. Es entonces cuando puedo abrir la puerta sin miedo: no sólo sin miedo a la locura, sino también sin miedo a equivocarme, y sin la necesidad de acertar.
A esto se refiere María Colodrón cuando habla del “traductor interno” en la intervención terapéutica. Cito sus palabras:

" “No se trata de tener más o menos percepción, sino de abrir la puerta. No pasa nada si me equivoco porque el cliente ha podido sobrevivir sin mí, y puede seguir haciéndolo. Es un trabajo de darse permiso, de estar en contacto con el alma. Yo te enseño a abrir la puerta, pero no soy la puerta”.
Trabajo cada día con adolescentes en tránsito. Y como dice Violet Oaklander en su libro El tesoro escondido:

" “Los adolescentes no son una misteriosa raza humana. Están atravesando por un proceso de desarrollo normal y necesario. Son sabios, perspicaces, divertidos y ansiosos por conocerse, individuos con necesidades especiales”.

La adolescencia supone una travesía de la vida en la que la pérdida toma una especial relevancia. Y la preadolescencia puede llegar a ser una aventura de vértigo por lo que tiene de comienzo del tránsito vital.

Esta lucha por la individuación (el proceso de convertirse en persona) lleva implícito el asentimiento a la separación y a la pérdida. Es realmente una batalla que comienza con la vida misma y que permanece hasta la muerte. Refiero un párrafo del libro citado de Violet Oaklander:

" “El niño viene al mundo confluente con su madre: es casi uno con ella. Saca su sentido de sí mismo de la madre: su voz, gestos, miradas, caricias. Esta confluencia es muy importante para el bienestar de la criatura. La primera tarea del niño es separarse, y sin este lazo no hay nada realmente de lo cual separarse, lo que puede causar mucha ansiedad al niño que está creciendo. Él puede luchar por separarse y, al mismo tiempo, necesita tener ese sentimiento de unicidad con ella. Esto es crucial. La brega por la separación comienza en esta etapa de la infancia, no en la adolescencia, como se suele creer. Va sucediendo periódicamente a medida que crece –adentro y afuera, atrás y adelante- a través de la vida del niño. Para él, es esencial sentirse como un ser separado. Sin embargo, esto es un dilema para el niño, ya que encuentra muy poco apoyo en sí mismo. La respuesta a este conflicto puede ayudar o entorpecer esta tarea”.

Para profundizar en el tema del crecimiento y la pérdida en la adolescencia recomiendo un artículo escrito por María Colodrón: “Sistema familiar, ciclo evolutivo y proyecto de vida (2ª parte): la adolescencia o el tránsito a la identidad”, publicado en la Revista ECOS, boletín nº 36, y que también podéis encontrar visitando la página de la autora: www.mariacolodron.es

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