MIS AMIGOS LOS LIBROS: Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt, por Ancrugon


Para escribir las memorias de uno mismo hay que tener una doble capacidad: la de introspección, mediante la cual se pueda analizar y examinar de forma justa y neutral a uno mismo, y la de extraversión, es decir, la de sacar fuera de ti lo que llevas dentro para mostrarlo a los demás. Pero sobre todo, para escribir unas buenas memorias que atraigan el interés de los posibles lectores, personas anónimas que no te conocen y a quienes les tienes que ganar para poderles contar tu vida, hay que tener sensibilidad y sentido del humor.

El libro que he elegido para este mes puede calificarse como unas buenas memorias, porque su autor, Frank McCourt, un profesor estadounidense de origen irlandés parece poseer todas las virtudes que anteriormente he mencionado y es capaz de atraernos hacia sus escritos con el cebo, nunca despreciable, de narrar la historia de las pequeñas cosas… ¿y qué van a tener si no personas que abundan en la miseria material?...

El libro fue concluido en 1996 y es una colección de anécdotas sobre su infancia y juventud, desde Brooklyn, Nueva York, hasta Limerick, Irlanda. Es una historia donde todo lo envuelve la pobreza, la desesperación, el alcoholismo del padre y la fuerza y valor de la madre, Ángela, para sacar su familia adelante a pesar de todo. Y tal vez a causa de un sentimiento interno de culpa entre los miembros sesudos y acomodados del tribunal correspondiente, el libro obtuvo el Premio Pulitzer de biografía o autobiografía.

El personaje central no es Ángela, como podríamos esperar, sino el propio autor, pues todo gira alrededor de su mirada. Frank McCourt nació en Briiklyn, un diecinueve de agosto de 1930. Él fue el hermano mayor de cinco hermanos: Malachy, los gemelos Oliver y Eugene y la pequeña Margaret, quien murió a las siete semanas de nacer, suceso éste que decidió a sus padres, Malachy McCourt y Angela, a realizar el viaje de vuelta a sus orígenes, Irlanda, donde murieron los do gemelos, pero nacieron Michael y Alphie… Como siempre, donde no hay qué comer, siempre aparecen las bocas…



La vida en Límerick se desarrolló en una calle de los suburbios de la ciudad, sin pavimentar, sin los servicios más indispensables y que tenía la virtud de inundarse con bastante regularidad. El padre estaba normalmente sin trabajo, por lo que tenía mucho tiempo para contar a sus hijos historias y canciones de la tradición irlandesa y enseñarles el orgullo por su patria tantos años ocupada por los ingleses, pero ya con una cierta independencia por entonces. Para las personas de su condición era difícil encontrar alguna ocupación, pero cuando lo lograba, no llegaba nada de la paga a casa, quedándose en algún pub del camino, incluso la pensión asistencial. Así que los pequeños se alimentaban, básicamente, de pan y té y con el sueño de que al día siguiente habría algo más sustancioso para llevarse al estómago… Sin embargo el autor no lo cuenta en un tono trágico, sino con cierto humor e ironía.

Por fín parece que la suerte cambia a mejor y el padre encuentra trabajo en Coventry, Inglaterra, así que parte hacia allí dejando a Angela sola con todos los niños. Sólo envía una vez algo de dinero y ella se ve obligada a mendigar ayuda a la caridad de la Iglesia. Frank y sus hermanos recogían trozos de carbón o la turba para poderse calentar e incluso llegaron a robar pan o a buscar en la basura para comer. Al mismo tiempo, la familia de Angela no le ayuda en nada porque no estuvieron nunca de acuerdo en su matrimonio con un norirlandés.


Frank cae enfermo de tifus y conjuntivitis y, poco después, fueron desalojados de la casa por no poder pagar el alquiler, así que tuvieron que marchar a vivir con unos familiares que no les trataron con mucha amabilidad. Pero Frank consigue un trabajo como repartidor de telegramas y más tarde entregando periódicos y revistas de Eason. También trabajó para el prestamista local, escribiendo cartas de amenaza para quienes se retrasaban en el pago de sus deudas. Él iba ahorrando todo lo que podía para conseguir su ilusión: volver algún día a su país de origen, Estados Unidos. Cuando el prestamista muere; Frank se queda con el dinero que había en su bolsa y tira el libro de cuentas al río para que no pudieran reclamar nada a nadie más. La historia concluye cuando Frank puede volver a América.

Esto es un resumen en líneas generales, por supuesto se han quedado en el olvido muchos momentos llenos de ternura, de rabia, de tristeza e incluso de alegría, porque esta historia esta repleta de momentos reales y vivos, sin afectación alguna y sin pretensiones de ningún tipo, lo que es su mejor logro.

Posteriormente McCourt escribió la continuación de estas memorias contando los siguientes pasos de su vida en Estados Unidos, en dos libros más: “Tis” (Lo es), 1999, y “Teacher man” (El profesor), 2005, y una obra en homenaje a la infancia de su madre “Angela and the Baby Jesus”, 2007.

                                                          EL LUGAR                                                             


Limerick es una ciudad capital del Condado de Limerick en la provincia de Munster, en el oeste de la República de Irlanda, a orillas del río Shannon, que cuenta con una población alrededor a 60.000 habitantes. Su historia data de las colonizaciones vikingas, allá por el siglo noveno de nuestra era. Sus atracciones turísticas son el Castillo del Rey Juan (1212), situado en una isla dentro del río, y que fue construido por el rey Juan I de Inglaterra cuando conquistó esta tierra a los vikingos; La Catedral de St. Mary (1168); la Piedra del Tratado (Treaty Stone), que es el lugar sobre el que se firmó el Tratado de Limerick, que puso fin a la guerra entre Jacobitas y Guillermistas (partidarios de Guillermo III de Inglaterra) en 1691, pero, curiosamente, esta piedra era usada anteriormente por los habitantes de la localidad para subir o bajar mejor de sus caballos; o el Museo Hunt.



                                                     LA PELÍCULA                                                           

Alan Parker, director de películas tan famosas como “El muro de Pink Floid”, “El expreso de media noche”, “Birdy”, “El corazón de ángel”, “Arde Mississippi”, “Fama” o “Evita”, entre otras muchas, llevó al cine el libro de Frank McCourt, “Las cenizas de Ángela”, en una producción Norteamérica del año 2003 y con el siguiente reparto:

Emily Watson como Angela McCourt.
Robert Carlyle como Malachy McCourt.
Devon Murray como Middle Malachy.
Joe Breen como Frank joven.
Ciaran Owens como Frank adulto.
Michael Legge como Frank viejo.
Kerry Condon como Theresa Carmondy.
Ronnie Masterson como Grandma Sheehan

La música es del compositor norteamericano John Williams, autor de una enorme cantidad de obras escritas para el cine, cuya historia podemos conocer en este mismo número de El volumen de una sombra, en un artículo de nuestra nueva colaboradora Eva Sion.

El film sigue con bastante fidelidad al libro, pero no logra plasmar la ironía ni la sensibilidad que subyace en sus páginas, quedando un poco sensiblera y sin mensaje moral concreto.

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